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Ralf König es, además de uno de los autores que más admiro, una bandera extraordinaria, que ondea orgullosa y sin perturbaciones en el firmamento de la historieta alemana, la historieta gay, la historieta humorÃstica, y en fin, de la historieta de autor en general. Después de todo, no resulta gratuito el hecho de que su panteón de deformes y carnavalescos monigotes sea abiertamente celebrado por gran parte de los adeptos al cómic europeo. Más aún, König mismo pertenece a esa irrepetible casta de genios que, despúés de tantos volúmenes publicados, aún puede darse el lujo de pasear a sus anchas por el terreno del autoanálisis, reinventádose, deliciosamente camaleónico, en cada una de sus entregas.
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En nuestro paÃs, y escribo esto desconociendo cualquier actitud altiva, pocos son aquellos que han tenido la fortuna de toparse alguna vez con algún trabajo de este lúcido y avasallante demoledor de prejuicios, y no por falta de interés ni espÃritu indagador, sino porque la oferta de sus obras resulta prácticamente nula en nuestro reducido entorno. Sin embargo, sucede a veces que, por mera suerte de coleccionista, en conjunción con alguna incursión casi arqueológica en las vetustas tiendas de saldos de nuestra ciudad, cabe la posibilidad de algún feliz encuentro con la obra del autor alemán, tal y como fue mi caso, al toparme cara a cara con la tercera edición de su desternillante “Yago” , tÃtulo inicialmente publicado en 1998.
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Fue asà que, luego de revisar este volumen hace ya más de un año, con ojos espaciales y delatoras carcajadas en público, descubrà que, cuanto más gratificante resultaba para mà la experiencia de descubrir esta novela gráfica, tanto mayor se hizo la responsabilidad de exponerla ante los contadÃsimos asiduos y eventuales que de cuando en vez tienen a bien perder el tiempo leyendo este inofensivo e intrascendente espacio.
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Considérese entonces este somero artÃculo como una obligación autoimpuesta y largamente aplazada, y reciban ustedes mis más sinceras disculpas por decidirme recién ahora a develar el infame humor de König, ante aquellos que aún no lo han disfrutado.
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Dejemos de lado todo prejuicio, entonces, y animémonos a zambullirnos en este mar de emociones desenfrenadas. Que sea este, pues, el tiempo de incinerar templos y traicionar el venenoso comfort argumental.
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“El incierto y enfermizo apetito de complacer”
En “Yago“, König juega a perder la forma, y a confundirse descarada y proverbialmente con uno de los más grandes hombres de letras que haya conocido el mundo: William Shakespeare. Aunque, dicho de otro modo, bien podrÃa decirse que König se adueña de la figura del célebre dramaturgo inglés, aprovechando al máximo el contexto en que sus obras se desarrollaron, y creando un agudo puente entre su entorno machista y la escena gay contemporánea.
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Pero, ¿cuál es entonces el sencillo pero genial punto de partida para este nexo? Fácil: durante sus puestas en escena, la entera producción shakespereana, si bien contó con una surtida gama de personajes femeninos, jamás exhibió una actriz de dicho sexo, siendo que la totalidad de los actores que representaban sus obras eran hombres. Más precisamente: jamás Ofelia fue una verdadera mujer, jamás Julieta o Cleopatra tuvieron senos ni curvas reales, jamás Lady Macbeth despertó verdadera atracción entre el público masculino de la época, y jamás nadie soñó con un beso de la Desdémona que por primera vez pisó las tablas. Es este hecho histórico el que utiliza König para reformular las preferencias sexuales del elenco que alguna vez compuso la compañÃa de teatro dirigida por Shakespeare, criticando a su vez las duras formas y el sexismo de la Bretaña de inicios del siglo XVII.
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“Yago” explora, de esta manera, la visión festiva y despreocupada que el propio autor guarda acerca del entorno gay, sin por ello extirpar del universo shakespereano el halo trágico que hasta nuestros dÃas le hace merecedor de los más justificados elogios y reconocimientos.
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Los principales protagonistas de “Yago” son figuras diáfanas y plenamente identificables: Tom Poope, actor que vive aún bajo el yugo paterno, y escondiendo de este su condición de homosexual; Gronzo, enorme y lascivo nativo africano, enamorado de Poope, pero sin ningún concepto de fidelidad; y Gus Phillips, sodomita envidioso y dispuesto a todo por escalar en el mundo actoral, el cual sucumbe perdidamente ante las proezas amatorias de Gronzo, tras un improvisado encuentro carnal. A estos tres personajes se suman figuras como la de Richard Burbage, desmemoriado y mediocre actor encargado de dar vida al mismÃsimo Hamlet; el boticario Hoppedance, quien no desperdicia oportunidad para experimentar en sà mismo los efectos de las drogas llegadas del Nuevo Mundo; Sam Sandwich, anterior pareja de Poope, y quien se deshace en celos por la relación de éste con Gronzo; las deformes y oscuras brujas de “Macbeth“, portadoras de designios fatales; los sátiros y machos cabrÃos de “Sueño de una Noche de Verano“, siempre entregados en pleno al placer sexual… y el mismo William Shakespeare, cuya sexualidad es puesta en duda en todo momento por los miembros de su elenco, y quien se empeña en dejar en claro que tiene esposa e hijos en Stratford-on-Avon, con lo cual pretende desvirtuar (sin éxito alguno) cualquier habladurÃa acerca de su mal llevada y tÃmida homosexualidad.
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“El monstruo que se burla de la carne de que se alimenta”
A lo largo de las páginas de “Yago“, Ralf König demuestra no sólo su admiración, sino también su profundo conocimiento acerca de los grandes tópicos shakespereanos. De esta manera, no escatima esfuerzos por mostrar los tormentos del amor prohibido entre Romeo y Julieta, recreando con astucia la clásica escena del balcón, esta vez sirviéndose de Tom Poope y Gronzo. Igualmente, de “Hamlet” rescata el asedio de una fantasmal figura paterna (haciéndola recaer nuevamente en el propio Poope), y la desgarradora figura del veneno en la oreja (crimen perpetrado por el ambicioso Gus Phillips, en pos de sus tórridos fines). La despreocupada celebración del ambiente bucólico de “Sueño de una Noche de Verano” retoma sus brÃos mágicos, en medio de un ritual pagano de amor homosexual. Los celos que ostentan los versos más representativos de “Otelo: el Moro de Vencia” son puestos en labios del malévolo Gus Phillips (cómo no), y aún se dejan entrever en las humillantes y explosivas reacciones de Sam Sandwich. Las enrevesadas disertaciones acerca del amor que tienen lugar en “Como Gustéis” son entonadas a viva voz por los clientes habituales de un bar sodomita, e incluso los chismes y enredos de “Las Alegres Comadres de Windsor” tienen cabida en cierta conversación de ventana a ventana.
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Todo esto nos lleva a una pregunta: ¿será que acaso, entre tanta ilustradÃsima referencia y acertados gags, el “Yago” de König se da abasto para albergar una trama central convincente, capaz de retener al lector hasta el final de la obra, y lograr pocurarnos esa dulce sensación que nos viene luego de haber leÃdo una historia concisa y coherente? Pues, sÃ. Indudablemente, sÃ.
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Como no podÃa ser de otro modo, al tratarse esta de una obra de marcado carácter trágico (dejando atrás su dimensión homoerótica), es el destino fatalista el que rige las vidas de todos aquellos que desfilan por las viñetas de esta obra de Ralf König. Encabezados por los terribles y falsamente augurosos designios de las brujas de “Macbeth“, este aciago devenir recae sobre las espaldas del rubicundo Gus Phillips, asà como en las del infausto Thomas Poope. Son estos dos personajes los que terminan canibalizados por los más primitivos y crueles instintos humanos, condensando de esta manera la más pura e inalterada esencia de la tragedia.
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Y es que todos, sin distinción, tenemos derecho al sufrimiento, según deja en claro aquel perverso historietista-historiador de apellido König. Pese a quien le pese, la función debe continuar, asà sea enteramente en pantalones.
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...por Redacción
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