[Ponencia llevada a cabo en el marco del V Simposio de Estudiantes de Filosofía, el 22 de octubre del 2009, en el Auditorio de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú]
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Buenas tardes. Es un placer estar acá sentado en una mesa redonda dedicada exclusivamente a la serie limitada de comics llamada Watchmen, de Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins. Estoy seguro de que buena parte de los acá presentes ha leído la obra en cuestión, pero probablemente algunos no. Puesto que mi presentación se centra en un aspecto relativamente concreto de la obra, me limitaré a explicarlo de tal forma que incluso los acá presentes que no hayan leído el comic puedan adentrarse en el problema filosófico que me he propuesto presentarles. Estoy dejando de lado, pues, mucho material de la obra—no menos rico—que espero, sin embargo, surja en la posterior discusión.
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Ubiquémonos, entonces, en el año 1985, pero en una realidad alterna, en la que la Guerra Fría, lejos de culminar, está más intensa que nunca, con Richard Nixon todavía como presidente de los Estados Unidos, tras haberse aprobado la reelección indefinida. Aceptemos que, por una serie de eventos, sabemos que la guerra nuclear es inminente, habiendo aceptado ya el gobierno de los EE.UU. la eventual destrucción de Europa y de toda su Costa Este (que incluye ciudades como Nueva York y Washington D.C.), bajas que consideran “aceptables”. Sin embargo, todavía queda un par de días antes de que se realice el primer ataque.
Ubiquémonos, entonces, en el año 1985, pero en una realidad alterna, en la que la Guerra Fría, lejos de culminar, está más intensa que nunca, con Richard Nixon todavía como presidente de los Estados Unidos, tras haberse aprobado la reelección indefinida. Aceptemos que, por una serie de eventos, sabemos que la guerra nuclear es inminente, habiendo aceptado ya el gobierno de los EE.UU. la eventual destrucción de Europa y de toda su Costa Este (que incluye ciudades como Nueva York y Washington D.C.), bajas que consideran “aceptables”. Sin embargo, todavía queda un par de días antes de que se realice el primer ataque.
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Por otro lado, tenemos a Adrian Veidt, un ex-superhéroe (pues en esta realidad alterna los superhéroes proliferaron a partir de 1940) que ha previsto esta situación por años, y ha maquinado cuidadosamente un plan para salvar a la humanidad de un eventual y aparentemente inevitable holocausto nuclear. Veidt, también conocido como Ozymandias, ha amasado una espectacular fortuna, y es considerado “el hombre más inteligente del planeta“. Así también, se ha involucrado en una serie de avances científicos en las áreas de clonación, ingeniería genética y teletransportación, que en esta realidad alterna han llegado a un nivel que ahora consideraríamos imposibles. Veamos, pues, en qué consiste dicho plan.
Por otro lado, tenemos a Adrian Veidt, un ex-superhéroe (pues en esta realidad alterna los superhéroes proliferaron a partir de 1940) que ha previsto esta situación por años, y ha maquinado cuidadosamente un plan para salvar a la humanidad de un eventual y aparentemente inevitable holocausto nuclear. Veidt, también conocido como Ozymandias, ha amasado una espectacular fortuna, y es considerado “el hombre más inteligente del planeta“. Así también, se ha involucrado en una serie de avances científicos en las áreas de clonación, ingeniería genética y teletransportación, que en esta realidad alterna han llegado a un nivel que ahora consideraríamos imposibles. Veamos, pues, en qué consiste dicho plan.
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Veidt decide crear un ser monstruoso y gigante (con tentáculos y todo), con un cerebro clonado de un ser humano con habilidades psíquicas. Luego, planea teletransportarlo al centro de la ciudad de Nueva York, abarcando varias cuadras. Sin embargo, debido al estado imperfecto de la teletransportación, todo ser vivo que pasa por este proceso muere al llegar a su destino, y de esta forma, el cerebro de esta criatura explotaría dando lugar a una onda psíquica que mataría a media ciudad, dejando además en los sobrevivientes recuerdos espantosos de seres extraterrestres, llevándolos a la locura.
Veidt decide crear un ser monstruoso y gigante (con tentáculos y todo), con un cerebro clonado de un ser humano con habilidades psíquicas. Luego, planea teletransportarlo al centro de la ciudad de Nueva York, abarcando varias cuadras. Sin embargo, debido al estado imperfecto de la teletransportación, todo ser vivo que pasa por este proceso muere al llegar a su destino, y de esta forma, el cerebro de esta criatura explotaría dando lugar a una onda psíquica que mataría a media ciudad, dejando además en los sobrevivientes recuerdos espantosos de seres extraterrestres, llevándolos a la locura.
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El objetivo de esta “broma práctica” (practical joke, en inglés) sería engañar al mundo, haciéndole creer que una invasión extraterrestre no sólo es posible, sino que se está efectivamente llevando a cabo, para que de esta forma los gobiernos dejen las guerras de lado y se unan para combatir esta invasión. Veidt se apoya en lo que alguna vez dijo Adolf Hitler, que la gente se traga las mentiras si son suficientemente grandes.
El objetivo de esta “broma práctica” (practical joke, en inglés) sería engañar al mundo, haciéndole creer que una invasión extraterrestre no sólo es posible, sino que se está efectivamente llevando a cabo, para que de esta forma los gobiernos dejen las guerras de lado y se unan para combatir esta invasión. Veidt se apoya en lo que alguna vez dijo Adolf Hitler, que la gente se traga las mentiras si son suficientemente grandes.
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Finalmente, y disculpen por arruinarles el final del cómic, Veidt lleva a cabo el plan, y tras la muerte de millones de inocentes, logra su cometido y las hostilidades en el mundo se detienen, evitando de esta forma la total extinción de la especie humana.La caracterización del plan que me he propuesto no estará completa hasta que veamos las siguientes imágenes, y reflexionemos por unos momentos sobre las verdaderas implicancias de semejante acción.
Finalmente, y disculpen por arruinarles el final del cómic, Veidt lleva a cabo el plan, y tras la muerte de millones de inocentes, logra su cometido y las hostilidades en el mundo se detienen, evitando de esta forma la total extinción de la especie humana.La caracterización del plan que me he propuesto no estará completa hasta que veamos las siguientes imágenes, y reflexionemos por unos momentos sobre las verdaderas implicancias de semejante acción.
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Es imposible no horrorizarnos ante semejante espectáculo, pero el objetivo de mi exposición no es la de recoger nuestras impresiones, ni tampoco efectuar intuitivamente un juicio de valor al respecto, como decir simplemente “está bien” o “está mal”, sino más bien la de acercarnos al problema haciendo uso de las herramientas que una teoría ética nos pueda proporcionar.
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Debo aclarar, antes, que entiendo por teoría ética, de manera muy general, el conjunto de pensamientos reflexivos sobre lo que es bueno y malo. Todos, sin excepción, ejercemos juicios de carácter ético constantemente. Creemos, por ejemplo, que el aborto debe ser legalizado, y que hay algo inherentemente malo en el actual sistema económico mundial. Sin embargo, caeríamos en dogmatismo si creyésemos también en la verdad o falsedad de una teoría ética. No se debe creer en el imperativo categórico, o en el principio de mayor felicidad utilitarista, sino usarlos en tanto que nos sirven para articular coherentemente nuestras actuales creencias, y luego poder criticarlas y revisarlas.
Debo aclarar, antes, que entiendo por teoría ética, de manera muy general, el conjunto de pensamientos reflexivos sobre lo que es bueno y malo. Todos, sin excepción, ejercemos juicios de carácter ético constantemente. Creemos, por ejemplo, que el aborto debe ser legalizado, y que hay algo inherentemente malo en el actual sistema económico mundial. Sin embargo, caeríamos en dogmatismo si creyésemos también en la verdad o falsedad de una teoría ética. No se debe creer en el imperativo categórico, o en el principio de mayor felicidad utilitarista, sino usarlos en tanto que nos sirven para articular coherentemente nuestras actuales creencias, y luego poder criticarlas y revisarlas.
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Así—y hablaré sólo por mí mismo, por supuesto—, me encuentro con que, a pesar de haber reflexionado numerosas veces sobre el plan de Adrian Veidt, no logro definir mi posición al respecto. Sí, es cierto que hay aspectos excesivamente intelectualistas, o más bien elitistas de la personalidad de Adrian Veidt que me encuentro condenando sin dificultad alguna. Y sí, los que hemos leído el comic también podremos rechazar fácilmente la parte posterior del plan cargada de “nostalgia” por lo antiguo que tiene en mente Ozymandias. No obstante, lo central del plan se mantiene siendo problemático: dejar a la humanidad aniquilarse a sí misma, o salvarla engañándola de la forma más extrema y perversa, matando a millones de inocentes en el camino; esto es, si es que tenemos los medios para hacer lo uno o lo otro.
Así—y hablaré sólo por mí mismo, por supuesto—, me encuentro con que, a pesar de haber reflexionado numerosas veces sobre el plan de Adrian Veidt, no logro definir mi posición al respecto. Sí, es cierto que hay aspectos excesivamente intelectualistas, o más bien elitistas de la personalidad de Adrian Veidt que me encuentro condenando sin dificultad alguna. Y sí, los que hemos leído el comic también podremos rechazar fácilmente la parte posterior del plan cargada de “nostalgia” por lo antiguo que tiene en mente Ozymandias. No obstante, lo central del plan se mantiene siendo problemático: dejar a la humanidad aniquilarse a sí misma, o salvarla engañándola de la forma más extrema y perversa, matando a millones de inocentes en el camino; esto es, si es que tenemos los medios para hacer lo uno o lo otro.
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Volviendo al tema, rápidamente se me viene a la mente pensar en el utilitarismo, entendido de forma amplia, y me encuentro con que, según el principio de mayor felicidad, el plan de Veidt cumple los requisitos de una acción moralmente buena. Podía no hacer nada para evitar el inminente holocausto (que gracias a su inteligencia sabía que era inevitable), o idear una forma de impedirlo, buscando el menor mal posible (en este caso la destrucción de la ciudad de Nueva York). Si no actuaba para evitar la guerra nuclear, sería culpable de la misma, pues el acto de evitación forma parte importante de las concepciones utilitaristas, y en realidad, se podría argumentar que de cualquier otra teoría ética.
Volviendo al tema, rápidamente se me viene a la mente pensar en el utilitarismo, entendido de forma amplia, y me encuentro con que, según el principio de mayor felicidad, el plan de Veidt cumple los requisitos de una acción moralmente buena. Podía no hacer nada para evitar el inminente holocausto (que gracias a su inteligencia sabía que era inevitable), o idear una forma de impedirlo, buscando el menor mal posible (en este caso la destrucción de la ciudad de Nueva York). Si no actuaba para evitar la guerra nuclear, sería culpable de la misma, pues el acto de evitación forma parte importante de las concepciones utilitaristas, y en realidad, se podría argumentar que de cualquier otra teoría ética.
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Me resulta difícil, sin embargo, aceptar que el problema se resuelva de forma tan sencilla. Si acepto el utilitarismo como teoría ética válida para analizar el plan de Veidt, ya tengo, pues, mi respuesta. Pero es justamente por esta facilidad con la que resuelve mi pregunta que me veo obligado a descartarla.
Me resulta difícil, sin embargo, aceptar que el problema se resuelva de forma tan sencilla. Si acepto el utilitarismo como teoría ética válida para analizar el plan de Veidt, ya tengo, pues, mi respuesta. Pero es justamente por esta facilidad con la que resuelve mi pregunta que me veo obligado a descartarla.
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Ciertamente, no he pretendido hacerle justicia más que a la versión simplona del utilitarismo, puesto que, por ejemplo, la variante de John Stuart Mill, conocida como utilitarismo de reglas, nos exigiría una reflexión mucho más cuidadosa.
Ciertamente, no he pretendido hacerle justicia más que a la versión simplona del utilitarismo, puesto que, por ejemplo, la variante de John Stuart Mill, conocida como utilitarismo de reglas, nos exigiría una reflexión mucho más cuidadosa.
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Y justamente esto me permite señalar un punto importante. Una buena teoría ética es la que nos permite entender mejor el problema, y no simplemente la que nos otorga la respuesta de forma más rápida. Lamentablemente, lo más común es acercarnos a las distintas teorías éticas entendiéndolas de la forma más simple posible, y luego, elegir la que más nos agrade, rechazando el resto, sin haber permitido que estas nos ayuden a reflexionar sobre nuestros juicios y prejuicios.
Y justamente esto me permite señalar un punto importante. Una buena teoría ética es la que nos permite entender mejor el problema, y no simplemente la que nos otorga la respuesta de forma más rápida. Lamentablemente, lo más común es acercarnos a las distintas teorías éticas entendiéndolas de la forma más simple posible, y luego, elegir la que más nos agrade, rechazando el resto, sin haber permitido que estas nos ayuden a reflexionar sobre nuestros juicios y prejuicios.
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Por ejemplo, no podría faltar quien, tratando de examinar el problema desde la ética kantiana, diga que ésta condena la acción de Veidt puesto que no es “universalizable” (haciendo referencia a la primera formulación del imperativo categórico), o señalando que estamos tratando a los millones de habitantes de la ciudad de Nueva York “simplemente como medios, y no como fines “(aludiendo en este caso a la segunda formulación de la ley moral). Un análisis ligeramente más sutil nos diría que también estaríamos tratando sólo como medios a los miles de millones de personas restantes si es que las dejamos morir, habiendo podido evitarlo, sólo para de alguna retorcida forma no violar nuestro deber de no tratar sólo como medios al primer y mucho más reducido grupo de habitantes de la ciudad de Nueva York.
Por ejemplo, no podría faltar quien, tratando de examinar el problema desde la ética kantiana, diga que ésta condena la acción de Veidt puesto que no es “universalizable” (haciendo referencia a la primera formulación del imperativo categórico), o señalando que estamos tratando a los millones de habitantes de la ciudad de Nueva York “simplemente como medios, y no como fines “(aludiendo en este caso a la segunda formulación de la ley moral). Un análisis ligeramente más sutil nos diría que también estaríamos tratando sólo como medios a los miles de millones de personas restantes si es que las dejamos morir, habiendo podido evitarlo, sólo para de alguna retorcida forma no violar nuestro deber de no tratar sólo como medios al primer y mucho más reducido grupo de habitantes de la ciudad de Nueva York.
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Como verán, de una u otra forma, parecería que la única conclusión a la que podemos llegar es que la ética kantiana tampoco nos puede decir nada al respecto.
Como verán, de una u otra forma, parecería que la única conclusión a la que podemos llegar es que la ética kantiana tampoco nos puede decir nada al respecto.
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Sin embargo, tal vez hay una forma más profunda y útil para reflexionar sobre el problema desde la perspectiva de la ética kantiana, y se me ocurre que es la de acudir a la idea de un meramente posible reino de los fines, que está presente en la ley moral de la siguiente forma:
Sin embargo, tal vez hay una forma más profunda y útil para reflexionar sobre el problema desde la perspectiva de la ética kantiana, y se me ocurre que es la de acudir a la idea de un meramente posible reino de los fines, que está presente en la ley moral de la siguiente forma:
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“Actúa de acuerdo a las máximas de un miembro universalmente legislador para un meramente posible reino de los fines”.
“Actúa de acuerdo a las máximas de un miembro universalmente legislador para un meramente posible reino de los fines”.
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Esta formulación del imperativo categórico, usualmente dejada de lado, es posiblemente la más completa de la ley moral, tomando conceptos de las formulaciones previas, como la universalización de las máximas, el sujeto legislador como un fin en sí mismo, y finalmente la idea de que el actuar ético no puede ser visto desde una forma completamente monológica y solipsista, sino que sólo se entiende en el contexto de una comunidad.
Esta formulación del imperativo categórico, usualmente dejada de lado, es posiblemente la más completa de la ley moral, tomando conceptos de las formulaciones previas, como la universalización de las máximas, el sujeto legislador como un fin en sí mismo, y finalmente la idea de que el actuar ético no puede ser visto desde una forma completamente monológica y solipsista, sino que sólo se entiende en el contexto de una comunidad.
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Kant entiende la idea del reino de los fines como el enlace sistemático entre sus distintos miembros, que en tanto seres racionales, son fines en sí mismos; es decir, cada uno de nosotros, sin excepción. Pero a la vez, incluye también los distintos fines subjetivos de cada miembro, como por ejemplo podría ser comprar un carro u obtener un doctorado en filosofía, en tanto sean compatibles entre sí, todos en perfecta armonía.
Kant entiende la idea del reino de los fines como el enlace sistemático entre sus distintos miembros, que en tanto seres racionales, son fines en sí mismos; es decir, cada uno de nosotros, sin excepción. Pero a la vez, incluye también los distintos fines subjetivos de cada miembro, como por ejemplo podría ser comprar un carro u obtener un doctorado en filosofía, en tanto sean compatibles entre sí, todos en perfecta armonía.
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Lo primero que debemos notar es que Kant llama a la idea del reino de los fines “meramente posible“; esto es, nos dice que el imperativo no nos obliga a buscar la realización de la idea, sino que nos obliga a actuar aquí y ahora como si la idea ya estuviese realizada. Privilegia, entonces, las relaciones presentes por sobre la realización de un estado de cosas.
Lo primero que debemos notar es que Kant llama a la idea del reino de los fines “meramente posible“; esto es, nos dice que el imperativo no nos obliga a buscar la realización de la idea, sino que nos obliga a actuar aquí y ahora como si la idea ya estuviese realizada. Privilegia, entonces, las relaciones presentes por sobre la realización de un estado de cosas.
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Las consecuencias importan en tanto están incluidas en el motivo de la acción, pero no en tanto sea el resultado el que determine el valor moral. El plan de Veidt no puede ser considerado bueno si es que tuvo éxito, o malo si es que fracasó. Fue, ya sea bueno o malo desde el momento en que fue concebido por su autor.
Las consecuencias importan en tanto están incluidas en el motivo de la acción, pero no en tanto sea el resultado el que determine el valor moral. El plan de Veidt no puede ser considerado bueno si es que tuvo éxito, o malo si es que fracasó. Fue, ya sea bueno o malo desde el momento en que fue concebido por su autor.
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Pero acá parecemos haber llegado nuevamente a una barrera insoslayable. Sabemos, al menos, que no podemos juzgar a Veidt por el resultado de su acción, pero nada más; pues si bien pensar el reino de los fines nos dice que hay algo intrínsecamente malo en la acción de Veidt, pues el destino de la humanidad manipulado por una sola persona, y en secreto, parece ser la peor transgresión al deber que se pueda cometer, pues no toma en cuenta a todas las partes involucradas para tomar la decisión; no obstante, la opción opuesta resulta igual de condenable, pues no parece haber otros medios posibles para evitar la catástrofe mayor.
Pero acá parecemos haber llegado nuevamente a una barrera insoslayable. Sabemos, al menos, que no podemos juzgar a Veidt por el resultado de su acción, pero nada más; pues si bien pensar el reino de los fines nos dice que hay algo intrínsecamente malo en la acción de Veidt, pues el destino de la humanidad manipulado por una sola persona, y en secreto, parece ser la peor transgresión al deber que se pueda cometer, pues no toma en cuenta a todas las partes involucradas para tomar la decisión; no obstante, la opción opuesta resulta igual de condenable, pues no parece haber otros medios posibles para evitar la catástrofe mayor.
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En otro cómic publicado el mismo año—e igualmente bueno—vemos a un comisionado Gordon, a punto de retirarse, responderle a su joven sucesora sobre el problema moral que resulta de otorgarle a un vigilante ilegal el poder de defender la ciudad. Gordon le dice que había rumores, también, acerca de cómo Roosevelt había decidido no evitar el ataque japonés a Pearl Harbor, para que de alguna forma esto sirva como incentivo para que los EE.UU. entren a tiempo a la guerra. A pesar de haber dejado morir a cientos de inocentes, de no haber actuado de esa forma, probablemente el ingreso de EE.UU. a la guerra hubiera sido demasiado tardío y la Alemania Nazi habría ganado. Gordon, resignado, confiesa que por más de haber pensado el problema una y otra vez, no podía emitir un juicio, puesto que tanto el problema, como la misma persona de Roosevelt, le resultaban muy grandes.
En otro cómic publicado el mismo año—e igualmente bueno—vemos a un comisionado Gordon, a punto de retirarse, responderle a su joven sucesora sobre el problema moral que resulta de otorgarle a un vigilante ilegal el poder de defender la ciudad. Gordon le dice que había rumores, también, acerca de cómo Roosevelt había decidido no evitar el ataque japonés a Pearl Harbor, para que de alguna forma esto sirva como incentivo para que los EE.UU. entren a tiempo a la guerra. A pesar de haber dejado morir a cientos de inocentes, de no haber actuado de esa forma, probablemente el ingreso de EE.UU. a la guerra hubiera sido demasiado tardío y la Alemania Nazi habría ganado. Gordon, resignado, confiesa que por más de haber pensado el problema una y otra vez, no podía emitir un juicio, puesto que tanto el problema, como la misma persona de Roosevelt, le resultaban muy grandes.
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Y es que, querer que una teoría ética nos libre de la responsabilidad que tenemos de emitir nuestros propios juicios es el error fundamental en el que podemos caer. En la ética kantiana, por ejemplo, tenemos un principio supremo, enteramente racional, objetivo y universal, pero cuya aplicación a casos concretos no es directa, sino que se da mediante ciertos deberes de virtud, que se han derivado de alguna forma (que no queda del todo clara) del principio supremo. Además, estos deberes de virtud son imperfectos, y dejan siempre a nuestra facultad de juzgar cómo hemos de aplicarlos en cada situación.
Y es que, querer que una teoría ética nos libre de la responsabilidad que tenemos de emitir nuestros propios juicios es el error fundamental en el que podemos caer. En la ética kantiana, por ejemplo, tenemos un principio supremo, enteramente racional, objetivo y universal, pero cuya aplicación a casos concretos no es directa, sino que se da mediante ciertos deberes de virtud, que se han derivado de alguna forma (que no queda del todo clara) del principio supremo. Además, estos deberes de virtud son imperfectos, y dejan siempre a nuestra facultad de juzgar cómo hemos de aplicarlos en cada situación.
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Quizás es esto lo mejor que la ética kantiana puede aportar en este caso, es decir, que no hay una respuesta de antemano, y que nunca podremos escapar a la oscura esfera de nuestro propio juicio ante situaciones concretas, y de esa forma, no permanecemos como simples espectadores, sino que nos vemos obligados a comprometernos éticamente con el problema, juzgándolo.
Quizás es esto lo mejor que la ética kantiana puede aportar en este caso, es decir, que no hay una respuesta de antemano, y que nunca podremos escapar a la oscura esfera de nuestro propio juicio ante situaciones concretas, y de esa forma, no permanecemos como simples espectadores, sino que nos vemos obligados a comprometernos éticamente con el problema, juzgándolo.
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Nunca estamos más allá del bien y del mal, sino que precisamente por no poder salir de tales parámetros, problemas como estos nos resultan tan angustiantes.
Nunca estamos más allá del bien y del mal, sino que precisamente por no poder salir de tales parámetros, problemas como estos nos resultan tan angustiantes.
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Para recapitular, y dar la palabra a mis colegas, tenemos que una teoría ética no nos sirve para resolver dilemas éticos concretos desde un punto de vista supuestamente neutral. Esperar que nos responda tales problemas con rigurosidad es imposible. Tampoco, sin embargo, debemos simplemente pasar a guiarnos de nuestras intuiciones y emitir irreflexivamente juicios acerca de si lo que hizo Veidt, por ejemplo, estuvo bien o mal, aunque en cierto modo es inevitable que lo hagamos. Lo que una teoría ética debe hacer, pues, es ayudarnos a reflexionar sobre por qué estuvo bien o mal lo que hizo, o simplemente, como en este caso, por qué el problema nos resulta tan complicado, al punto que no podemos siquiera juzgarlo.
Para recapitular, y dar la palabra a mis colegas, tenemos que una teoría ética no nos sirve para resolver dilemas éticos concretos desde un punto de vista supuestamente neutral. Esperar que nos responda tales problemas con rigurosidad es imposible. Tampoco, sin embargo, debemos simplemente pasar a guiarnos de nuestras intuiciones y emitir irreflexivamente juicios acerca de si lo que hizo Veidt, por ejemplo, estuvo bien o mal, aunque en cierto modo es inevitable que lo hagamos. Lo que una teoría ética debe hacer, pues, es ayudarnos a reflexionar sobre por qué estuvo bien o mal lo que hizo, o simplemente, como en este caso, por qué el problema nos resulta tan complicado, al punto que no podemos siquiera juzgarlo.
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Muchas gracias.
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