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Cómic y Manga: ¿existe realmente una vacuna contra la fiebre amarilla?


[podrás encontrar también un poquito de este post en El Útero de Marita]
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Vaya polémica. Ciertamente, las declaraciones de Jean Giraud acerca del arte secuencial japonés han levantado tremenda polvareda entre los fanáticos locales. Frikis y otakus no se han guardado nada para sí, y han tomado posiciones radicales al respecto. Eso, desde ya, es motivo de celebración. Sin embargo, y ya que el momento no puede ser más propicio, cabe hacer desde este frente una declaración de principios.

De los comentarios esparcidos en las distintas webs locales que han tenido a bien polemizar sobre el tema, podemos extraer una primera e irrebatible conclusión: existe una tendencia alarmante a confundir “cómic” con “cómics de superhéroes“. Es cierto que los enmascarados representan el caballo de batalla de la industria occidental, y ha sido así desde siempre, pero no es menos cierto que la narrativa gráfica, y me refiero tanto a la norteamericana como a la europea, cuenta con distintas vertientes. Vertientes que, curiosamente, son las que pueden o no sentar la diferencia en tan acalorada discusión. Así, y quizás por alguna extraña jugarreta de nuestra memoria colectiva, autores del genio de Robert Crumb, Daniel Clowes, Milo Manara y Hugo Pratt han sido totalmente anulados por los fanáticos, al momento de expresar sus opiniones. El Pulitzer al Maus de Spiegelman fue reducido a un premio de poca monta. ¿El World Fantasy Award al “Sueño de una Noche de Verano” de Gaiman? Una cosa de nada. ¿El vínculo del Eternauta oesterheldiano con la convulsión política de la Argentina de mediados-fines del siglo pasado? Una mera circunstancia.

Para mí, las cosas no pueden ser más simples: mientras que el manga es una fiebre de consumo, el cómic es un fenómeno artístico y cultural. No por nada íconos del arte contemporáneo como Warhol, Lichtenstein y Ronsenquist demuestran en cada una de sus obras una total comprensión y rendición creativa ante el lenguaje de la historieta. Tampoco es coincidencia que el Corto Maltés de Pratt sea analizado en las más prestigiosas universidades del mundo. Más aún, no fue por capricho que el Time colocó al Watchmen de Moore entre las 100 mejores obras de literatura de todos los tiempos. Dos más, por si cabía alguna duda: la abierta admiración de Federico Fellini hacia el trabajo de Manara, y el hecho de que Orson Welles tuviera la iniciativa (trunca, por cierto) de filmar la primera película de Batman, en 1946. Entonces, queda claro: el valor del cómic no radica únicamente en su lenguaje, sino también en su indiscutible legado a la cultura universal. Algo que seguramente no podría decirse de la corriente de los ojos grandes y las faldas pequeñas.

Mucho se habla de la construcción de los personajes. Ciertamente, el mangaka enfatiza la emoción y la reacción en todas sus creaciones. Sin embargo, y llegados a este punto, cabe preguntarnos: ¿es realmente constructiva esta caricaturización? Y, siendo más atrevidos aún: ¿no será esta exageración una respuesta silenciosa a la claustrofóbica y monocorde cotidianeidad del ciudadano japonés promedio? No hay manera de saberlo a ciencia cierta, pero lo que sí podemos percibir, es que esta desmesurada emotividad parece haber cautivado a cada uno de los inestables adolescentes alrededor del mundo, como consecuencia de una identificación directa con esta clase de personajes. Quizás coincidencia, quizás estrategia. Repito: no hay manera de saberlo. Pero coincidirán conmigo, cuando digo que sería escalofriante descubrir algún estudio de mercado detrás del fenómeno oriental.

Seguramente, algún otaku preguntará: ¿Entonces, por qué la industria del manga ha invadido de plano nuestras ciudades, al mejor estilo de sus inmensos y devastadores monstruos? ¿A qué se debe el arrollador éxito de esta corriente? La respuesta no debería ser tan difícil: publicar un cómic que cumpla con las exigencias standard, como son la cantidad de páginas, la calidad del entintado y una eventual continuidad, no es empresa fácil. De hecho, usualmente se requiere el trabajo de varias personas, para que un lector de cómics pueda llevarse un ejemplar a casa: guionista, ilustrador, entintador, y rotulador, por citar la más básica configuración. Esto, sumado a la calidad del papel (ni hablar del papel de portada), y al precio de la tinta, arroja cifras exhorbitantes. O, por lo menos, mucho mayores que las del costo editorial de un manga promedio, en el que interviene casi siempre un solo artista, que a menudo publica sus historias en blanco y negro, y en un papel bastante económico. La ecuación es simplísima: a menor costo, mayor producción; a mayor producción, mayor difusión. Al parecer, los ejecutivos japoneses tienen los ojos mucho más abiertos que sus personajes.

Y, a los más sesudos, que sospechaban que esta fórmula se cumple no sólo para el mercado del manga: están totalmente en lo cierto. Hela aquí, la tan mentada orientalización, en el sentido más intrusivo y colonizador del término. En resumen, y en cuanto a lo que nos compete: resulta mucho más fácil y cómodo atiborrarse de pequeños mangas, que ahorrar y adquirir una edición absolute de tu título favorito, o un llamativo volumen recopilatorio del Incal de Moebius/Jodorowsky. Sucede que al público le resulta penoso comprender que, cuando se adquiere un manga, se está pagando por una historia; mientras que, cuando se paga por un cómic, se está invirtiendo en un artículo que es al mismo tiempo historia, obra de arte, y objeto de colección.

Estos son los hechos. Crudos, fríos hechos. Por mi parte, creo que por ahora ya fue suficiente perorata. Me voy, con la febril esperanza de que estas líneas logren remover el fondo de la sopa. Sopa wantán, de preferencia. Hasta la próxima!


- [Fuente Original]








...por Redacción


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